ese día, y aún no recuerdo porqué, se había convocado a otro de tantos paros regionales. ese día, “y aún no recuerdo porqué”, un gran avión se estrellaba contra un gran edificio en una gran ciudad por la que siempre había tenido ese sentimiento dual de admiración y asco.
ese día, y lo recuerdo muy bien, decidí como muchas otras veces ir al cine completamente sólo ya que se me había ocurrido poco antes de la función. cómo el transporte estaba restringido, tomé camino con previsión para llegar a tiempo, lo cual demandaba caminar una docena de cuadras hacia el centro de la ciudad para llegar al cine más cercano (por no decir al único de la ciudad).
el hecho de tratarse de una vía recta y de encontrarme cabizbajo observando el camino para no darme cuenta de la distancia me hizo enterrarme en mis pensamientos, los cuales para variar estaban relacionados con mi música, una chica y la facultad (en ese orden de importancia), y que inevitablemente iban saltando del uno al otro por lo ligados que se encontraban.
es por todo esto que cuando casi choque con el par de gastados zapatos marrones con los pasadores desatados y raídos, no pude evitar dar un paso atrás y levantar la mirada hacia una de las imágenes que más han calado en mi memoria.
no pude evitar ponerle un nombre: Anna (si, con “enne”), no se porque, fue instantáneo; no pude evitar ver esas medias de nylon de ese insoportable color crema opaco que parecían quererse caer en cualquier instante por no poder sostenerse en sus delgadas piernas; no pude evitar sentir cierta repulsión hacia su ropa que más que eso parecían ser trozos de tela acomodados y me hacían recordar las que había visto en algunas niñas pobres que solían jugar cerca del colegio ciencias cuando era pequeño, la falda envuelta como un tubo recto a cuadros verdes en un tono pastel y su chompa roja que aunque no tenía un solo agujero se veía desgastada tanto por el tiempo como por el sentimiento que ella desprendía para mí; no pude evitar sorprenderme con el esfuerzo que hacía para levantar sus cansados brazos y se contradecían con sus manos que colgaban del extremo de estos; no pude sentir pena de sus desordenados y blancos cabellos alternados con eventuales tiras semioscuras; y no pude sentir desprecio por su rostro de tristeza que parecía gritar algo que al principio no pude entender.
primero creí que ella también se había detenido al casi chocar conmigo y apurado como estaba para poder llegar al cine me hice a un lado y la esquive, mas al caminar unos metros no pude soportar la sensación de voltear para ver si esa aparición me seguía y entonces me vi con que ella seguía parada como la había dejado y entonces lo supe: estaba esperando su muerte.
llámenlo como quiera: pensamiento perverso, superstición, producto de mis pensamientos confundidos, asociación con cohelo en el peor de los casos si no les gustó, etc., pero así como automáticamente supe que se llamaba Anna, también supe que ella estaba esperando que algo viniese en ese momento a sacarla del encierro de su casa, del odio de sus hijos, de la soledad, de la tristeza, de lo lejos de la tienda, del poco sol de la tarde, de la mala digestión, del insomnio, de una deuda... para arrebatarle la vida, para darle paz. para ser sincero, la idea exacta era que justo ese día de paro, ese día de muerte y venganza, ese día de cine, con la ausencia fabulosa de automóviles, contaminación y ruido, Anna había salido con sus pocas fuerzas desde su pequeña y olvidada casa en medio de magisterio a la avenida de la cultura, esperando que un camión la atropellase.