poncho y su amigo vituco
Casi todos los días y 2 veces por día, cuando no he salido demasiado tarde por remolonear en mi deliciosa cama, me voy caminando al trabajo. Es una ruta corta y poco transitada, me da el poco sol que puedo recibir, puedo hacer el poco ejercicio que quiero pero necesito hacer y me permite escuchar siempre un disco nuevo y saborearlo en unas 2 o 3 sesiones.
Sin embargo no todo es color de rosa en mi paraíso personal
pedestre de 10 minutos aprovechados al máximo, pues como en la mayor parte de
rutas poco transitadas de mi querido Cusco, los perros callejeros son legión (en
nuestro caso geográfico no significa que todos sean vagabundos, sino que sus
dueños tienen la alucinante idea de que dejarlos en la calle es "chévere").
No es un problema insalvable pero más de una vez han cortado
la inspiración de mi ruta y creo que amerita describir los tipos de perro con
los que me he topado en esta mi pequeña ruta diaria.
Primero debo citar a los más ruidosos, que vienen corriendo
desde lejos ladrando como bestias mostrando sus dientes y botando saliva. Felizmente
hasta hoy ha bastado con pararme firme para que a 1 ó 2 metros se detengan y se
queden ahí ladrando. Siempre un buen “carajo” ha ayudado y el ademán de
levantar una piedra (digo ademán, pues no me agrada la idea de lastimar a la
bestia).
Otros me siguen mientras me ladran por unos metros o hasta
una cuadra, luego regresan a su puerta y esperan hasta comenzar a joder a otro.
Algunos muy nerviosos comienzan a ladrar pero se agazapan en
su puerta desesperados, nunca atacan pero sus ladridos bulliciosos hacen que
otros perros salgan incuso desde sus casas llegando a armar un escándalo
mayúsculo. Estos me dan pena pues al parecer ya les han sacado la mierda alguna
vez y su reacción de miedo resulta patética.
Hay otros que son hasta graciosos, sin siquiera levantarse
de estar recostados al pie de la puerta comienzan a ladrar haciendo pausas,
mirando al cielo y alargando aullidos, pero luego de un rato parecen
convencerse de que es más rico estar repantigados en el piso y prefieren
dejarme pasar sin más.
También hay los que temerosos no se animan a ladrar pero se
nota que quieren hacerlo, y basta que otro haga su primer ladrido, lo miran, se
llena de confianza y se lanzan al ataque armado su concierto con sabor a
reclamo colectivo. Aquí el truco de la piedra es obligatorio y más de una vez
he tenido que darle a uno y hacerlo chillar para que el resto desista del
ataque masivo.
Con la mayor parte de estos normalmente se cómo lidiar y no
ha pasado a mayores, sin embargo hubieron 2 oportunidades donde me asusté de
muerte y hasta me llegaron a morder, felizmente no en esta ruta.
La primera vez fue un perro traidor, esos que se te acercan moviendo
la cola, diría que hasta con una sonrisa en el hocico, con el trasero y la cola
poniéndose progresivamente fuera del eje de su dirección. A medio metro quise acariciarlo
y por poco no me arrancó la mano de un mordisco a lo que tuve que responder de
un zapatazo en el hocico sonriente aún.
La segunda vez fue visitando una casa por trabajo, el hijo
de perra salió disparado de debajo de una calamina en la que estaba escondido y
me agarró la pantorrilla, de dolor y sorpresa no pude reaccionar y no pude
agarrar al can, sólo pude denunciarlo y dejar el trámite en el aire. Espero no
tener rabia, un ex amigo al que mordió otro perro me contó que ésta se puede esconder
por años y que la única forma de determinar su existencia es haciendo un
análisis en el cerebro del animal, para lo cual obviamente hay que “dormirlo”.
He pensado varias veces que sería mejor llevar unos pancitos
conmigo y dárselos, creo que es muy posible que a la larga me muevan la cola al
pasar, pero seguramente esto no solucionaría nada, pues alguno más despistado que
yo sería la próxima víctima de algún otro canino. Le pasó a un amigo Suizo que quiso
hacer footing en la ciudad y acabó correteado y hasta mordido.
En mi ciudad no hay Perreras Municipales, creo que son
necesarias para que de una vez y por todas la gente empiece a criar a su perro
en serio, y si no, se les dé un destino más digno que el de ir por ahí, deambulando
por las calles despedazando bolsas de basura por el hambre y llevando quien
sabe que cochinadas a sus casas mientras sus orgullosos dueños los acarician
luego de haber sondeado con sus narices quién sabe qué y quién sabe dónde.
Yo no tengo perro, antes tenía y creo que sin ser el mejor
amo lo quise mucho. Mi actual vivienda no me permite tener uno dándole un
espacio decente sin incomodar a mi familia y ahora creo que el único perro
confiable es el perro propio. A mi hija le he prometido que en nuestra
siguiente casa, que será más grande, tendremos un perro, y no uno de juguete
formato llavero, sino un perro grande.
Oh Señor de las Tijeras! líbrame del agua mansa y el perro
callado, que del agua turbia y el perro ruidoso me cuido yo.
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